El diseño G, la única candidatura española entre las diez que compiten por convertirse en el
próximo billete de euro, esconde un secreto. Para descubrirlo hay que girar los billetes y
mirarlos en horizontal. Las líneas que a primera vista parecen un simple patrón decorativo se
ordenan y conjugan en cuatro bloques que forman la palabra “euro”. Tan familiar que resulta
casi imperceptible si no se busca.
Ese pequeño juego visual resume la filosofía con la que dos estudios españoles, el murciano
Rubio & del Amo y el histórico Cruz más Cruz, compiten juntos por convertir su idea en la
nueva caras del dinero europeo. Su diseño pugna contra otros nueve en una inédita consulta
pública online en la que el Banco Central Europeo (BCE) se apoyará para elegir los nuevos
billetes que manejarán decenas de miles de europeos en el primer gran rediseño desde que el
euro empezó a correr, en el año 2002. Billetes que se basan en dos grandes series ya
determinadas por el BCE: una sobre la cultura europea, con personajes como la soprano Maria
Callas (para el billete de 5 euros), Leonardo Da Vinici (para el de 100), Miguel de
Cervantes (50 euros) o Marie Curie (20 euros); y otra, con ríos y aves europeos.
“Es una responsabilidad enorme diseñar algo que van a usar millones, decenas de millones de
personas”, resume Pepe Cruz, hoy al frente de Cruz más Cruz, el estudio que fundó su padre,
José María Cruz Novillo, el hombre detrás de los logotipos de Correos, Repsol, Renfe, la Policía
Nacional o el PSOE, y también de trabajos ligados a la peseta en la España democrática,
fallecido el pasado mayo. Cruz hijo ha trabajado con Guillermo Rubio y Julián Garnés, del
estudio murciano Rubio & del Amo, con los que ya había alumbrado diseños como el de la
Biblioteca Nacional o la Agencia Espacial Española.
Los tres diseñadores españoles presentaron al concurso del BCE trabajos para las dos series,
pero ha sido la de los rostros de la cultura europea la que ha pasado a la final. Su propuesta se
estructura sobre la idea cotidiana del dinero: qué hace la gente con el billete, cómo lo guarda,
cómo lo dobla, cómo cambia cuando abandona la vitrina imaginaria de un concurso y vuelve a
su vida real, la de una cartera sudada en pleno agosto o el bolsillo trasero de un pantalón
vaquero. “Lo normal es que dobles los billetes por la mitad e incluso otra vez más”, explica por
videollamada Julián Garnés.
De ese gesto tan poco solemne nació la idea que sus autores resumen como “un billete, diez
caras”, una pieza que no revela toda su información de golpe, sino que cambia según la forma
en que se sostiene y se usa. Y que muestra retazos de imágenes que hablan por sí solas por cada
uno de esos pliegues.
El diseño G es también el único de los diez finalistas que abandona el formato horizontal
habitual y plantea el billete en vertical. “Es así como casi siempre se entrega, al pagar en una
tienda, al meterlo en una máquina para pagar el parking, al sacarlo con prisa de la cartera. En el
diseño es clave estudiar cómo funcionan las cosas”, resume Cruz. “Un billete tiene una vida. No
está siempre perfecto, extendido y delante de ti. Tiene una relación física con la persona que lo
usa”, añade Rubio. Ese formato ofrece, además, más superficie. En el reverso, el diseño G ha
retratado escenas sociales que cuentan la historia.
Por eso han ideado un billete capaz de funcionar como pieza gráfica —los retratos que dan
identidad a toda la serie— y a la vez responder a la forma en que las personas realmente lo usan.
“Diseñar una marca y diseñar un billete tienen algo en común”, dice Rubio. “Tienes que
conseguir que algo sea identificable para millones de personas”.
Durante casi un año, todo ese trabajo tuvo que permanecer oculto. Los diseñadores no podían
contar que estaban participando en el concurso. Ni siquiera sabían quiénes eran los otros
estudios convocados. Las dudas técnicas se resolvían en un foro anonimizado gestionado por el
BCE, bajo estrictas normas de confidencialidad, explican. “Fue un proceso muy, muy aséptico”,
recuerda Julián Garnés.
Un billete no es solo un dibujo bonito, es un sistema pensado para resistir la falsificación, y sus
elementos de seguridad —marca de agua, hilo de seguridad, holograma, relieve en los bordes,
tinta que cambia de color según la luz— se desarrollan aparte, con su propio candado dentro del
ya de por sí hermético concurso. Y ni siquiera se han hecho públicos. Además, la discreción
garantizaba la igualdad de los participantes. Su diseño escondía una palabra. Ellos escondían el
propio diseño.
El secreto terminó hace unos días, cuando el BCE hizo públicas las diez propuestas finalistas.
Ahora esas candidaturas se someten a la mayor consulta jamás realizada sobre el aspecto del
dinero europeo. Se puede votar hasta el 21 de septiembre, mientras una empresa de estudios de
opinión repite el mismo cuestionario sobre una muestra representativa de la población, para que
el resultado no dependa solo de quien tiene ganas de entrar en una web en pleno verano.
Ninguna de las dos encuestas decidirá por sí sola. Será el Consejo de Gobierno del BCE quien
tome la decisión final a finales de año, sumando esos votos al veredicto del jurado de 21
expertos que ya redujo 1.200 candidaturas a diez.
Gane la propuesta que gane, el euro experimentará el primer cambio de fondo desde el origen de
una moneda que en 24 años nunca ha llevado rostro de una persona real ni ha cambiado de tema
visual. Los billetes que millones de europeos llevan hoy en la cartera fueron diseñados por el
austriaco Robert Kalina, que ganó el concurso convocado por el precursor del BCE con una
propuesta bautizada “épocas y estilos de Europa”: puentes, ventanas y arcos de fantasía
inspirados en distintos periodos arquitectónicos, deliberadamente inventados para no favorecer a
ningún país real.
Ese diseño entró en circulación el 1 de enero de 2002, junto con las monedas y billetes físicos
del euro. Desde entonces ha tenido una sola actualización relevante, la llamada “serie Europa”,
desplegada entre 2013 y 2019 billete a billete, que mantuvo exactamente la misma iconografía
de puentes y ventanas pero reforzó las medidas de seguridad —nuevo hilo, ventana de retrato y
una marca de agua con Europa, el personaje de la mitología griega—.
Dentro de unos años, si el diseño G resulta elegido, millones de europeos repetirán un gesto tan
automático que ni siquiera pensarán en él. Girarán el billete para comprobar su valor, lo
doblarán antes de guardarlo, lo meterán en una máquina de pago sin mirarlo apenas. Algunos
descubrirán la palabra escondida entre las líneas. Otros no la verán nunca. Y sin embargo, ahí
seguirá, esperando.
fuente:https://elpais.com/economia/2026-08-02/el-secreto-escondido-en-el-diseno-g-la-propuesta-espanola-para-los-nuevos-billetes-de-euro.html